martes, 1 de abril de 2014

Matar a Dios, razarle al cerdo.



(Sobre Alan García y su impunidad)

Hay días en los cuales uno se despierta con la sensación de que, a pesar de todo, el lugar donde vives no es tan malo. A Lima, por ejemplo, mi ciudad de residencia desde hace veintitrés años, le he logrado agarrar cariño por sus veranos cortos, pero intensos, por sus sorpresas escondidas en medio de su laberinto y por su aún pequeño pero interesante auge cultural. Al Perú, un poco por el adoctrinamiento constante y otro poco por genuino sentimiento, también le tengo cariño a pesar de todo aquello que constantemente nos desalienta de él.
Hoy fue uno de esos días. El sol ya no quema tanto, pero sigue dándonos esa luz que hace ver las cosas de manera más bonita. La brisa de otoño nos permite, ahora sí, caminar por las calles sin sufrir el irritante bochorno de días pasados. Las tardes son más quietas, las noches son más frescas, es fin de mes y, en resumen, todo parece alinearse de tal forma que al salir a laborar por las mañanas nuestros ánimos se perfilen mejor que antes... hasta que nos paramos frente al puesto de periódico y leemos los titulares de hoy.

El peor de todos (y el más certero): "JUEZ ANULA TODOS LOS INFORMES QUE ACUSAN A GARCÍA".

Y, entonces, todo se remece desde el fondo, vuelven los mismo ruidos infernales a agotarnos, recordamos que el verano se acaba y nos esperan nueve largos meses de clima horroroso, que nuestro derredor no es más que un completo desorden apocalíptico que sazona a la más decepcionante decadencia Ribeyriana. Baldazo de agua fría, para decirlo en términos comunes.
Agachamos la cabeza y entendemos que este día es un engaño, que nuestra mente nos ha estado jugando una cruel broma al habernos hecho creer que basta el optimismo para que todo esté bien, que sólo la buena voluntad importa para darle cierto sentido a nuestra vida en esta ciudad y en este país regidos por una mafia legalizada.
Empezamos a caminar como zombies otra vez, desinteresados del resto, apáticos ante todo. Hemos constatado que no podemos buscar algo bueno ni hacer nada bueno en un sitio donde no reina, primero, la justicia y donde impera, desde hace tiempo, la impunidad. Han desaparecido de nuestras mentes las imágenes lindas, el sol agonizante en el horizonte tras un cielo limpio. Ahora vemos todo tal como es: calles sucias, construcciones empolvadas, cielo gris. Quizá por ahí a algún perro sucio. ¿O tal vez a un cerdo? Ya no sabemos nada, todo se nos confunde. Debe ser un cerdo, un cochino que se revuelca en su porquería. Queremos que sea un cerdo. Lo miramos, lo comparamos. Todo ahora es cerdos, cerdos, cerdos.

García dijo algún día que cometió uno de los delitos por los que se le acusó, en uno de los informes ahora anulados, que antes de cometerlos primero hablaba con Dios para pedirle consejo. Cerdos. Seguimos pensando cerdos. Y nos preguntamos qué tendríamos que hacer, entonces, con un tipo que habla con Dios y que es limpiado de acusaciones de manera tan milagrosa. ¿Qué podríamos hacer nosotros, seres mortales, contra un elegido, contra un mesías casi comprobado? Se me ocurre que primero matar a Dios, para quitarle la protección divina a este cerdo, digo, a García, el elegido (cerdos, sigo pensando cerdos). Pero de inmediato me retracto porque matar a Dios es imposible. Uno no puede eliminar algo que no existe. Y pienso de nuevo en el cerdo. Me le acerco. El cerdo de García, pienso. Y le rezo al cerdo. Le rezo para que un día llegue a su boca de García, ya sea en un suculento pan con chicharrón o en un adobo divino. Que llegue, por favor, que le llene y que le satisfaga. Este cerdo Dios a quien le rezo es nuestra única esperanza, amigos míos. Él hará el trabajo, él matará a García de un ataque cardíaco algún día. Nadie más puede hacerlo. Sigamos rezándole.